No es felicidad todo lo que reluce.
El otro día mientras viajaba en coche escuché en la radio que la ONU acababa de publicar el último Informe Mundial de la Felicidad, en este se reconocía a Noruega como el país más feliz del mundo y España se quedaba con un más que merecido puesto 34. Dicho ranking analiza la situación de 155 países basándose en variables como la confianza en el gobierno, la baja desigualdad y la prosperidad económica.
Desde hace unos años la felicidad está de moda, trabajamos y vivimos por y para ser más
felices, pero sobre todo para que el resto vea lo bien que nos va. Vivimos en un constante
éxtasis endorfínico de frases motivadoras, idolatramos a Narciso y curamos nuestras penas a base de likes. Pero aun así seguimos sin encontrar esa felicidad que tanto ansiamos.
Volviendo al dichoso comunicado de la ONU, solo puedo decir que me gustaría saber a quién han encuestado para otorgar un puesto tan benévolo a nuestro país. Seré realista, no creo que seamos tan felices como nos cuentan, solo hay que darse una vuelta por la calle y darse cuenta de la falta de alegría. Todavía en el siglo XXI encontramos familias sin recursos o una flagrante falta de oportunidades.
Ya vamos terminando y ahí seguimos, buscando ese estado adictivo de bienestar, casi opiáceo. Pero mientras repudiamos la verdadera alegría solo nos centramos en la apariencia, que eso sique reluce.



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