Libre desinformación.




Dice un buen amigo que el problema de hoy en día es “que para bien o para mal, cualquiera puede dar su opinión”. Podríamos tachar dicha afirmación de radical, pero si exploramos un poco la idea quizá no le falte parte de razón.
Para los que me leen de forma continua, sabrán que las redes sociales me apasionan. No porque aquellas personas que lo deseen puedan subir fotografías filtradas y vídeos de sus bronceados, sino más bien por el comportamiento que en general exhibimos en el medio virtual.
Conocemos más que de sobra las noticias de actualidad, el guardia civil de la “La Manada” que intenta renovar su pasaporte, la inmigración y el submarino que no cabe en el muelle por citar algunos. Temáticas que son carne  de cañón para una publicación aparentemente seria en Facebook, de las buenas, de las que crean debate. A partir de que una persona decida dar a conocer su libre opinión sobre un tema controvertido y de luz a que el resto de seguidores la lean y opinen es cuando da comienzo el verdadero espectáculo. Aunque en mi caso, cada vez publico menos.
Da igual lo que publiquen, siempre van a leer dos o tres opiniones que  calificaré como nocivas. Son dañinas por lo que conllevan, no estoy en contra de las opiniones, pero sí de la desinformación. La información falsa, sensacionalista y sin fundamentos se puede propagar de forma rápida y sin fronteras afectando a la opinión de mucha de gente.
Es importante hacer un ejercicio de responsabilidad y compartir contenido de calidad, convertirnos en lectores críticos que pongan en tela de juicio la legitimidad de aquello que leemos, centrar la atención en los pequeños detalles y utilizar el sentido común para identificar la desinformación.


Debatiendo las palabras de mí amigo,  no me molesta que cualquiera opine. Pero si me incómoda pensar que alguien crea una mentira. Nuestra obligación es diferenciar entre lo veraz y correcto.

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